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La hiperconectividad. Según una investigación global de Nortel, el 52 por ciento de los latinoamericanos estamos "crecientemente conectados"

Hiperconectividad. Asi denominan los expertos lo que consideran una era completamente nueva en la historia de la comunicación humana. Una que apenas está despuntando, aunque ya nos sintamos inmersos hasta el cuello en ella. Un buen dato para dimensionar su velocidad de vértigo es recordar que Facebook, que hoy tiene más de 350 millones de usuarios, fue abierta al público hace tres años.

Pero Twitter, la blogalaxia, YouTube o Linkedin son sólo la cara más superficial de este fenómeno, casi un detalle. El fondo está en el hecho, inédito, de que nuestros aparatos ahora se han conectado entre sí. Notebooks, iPods, Blackberrys, pendrives, GPS, MP5 y celulares rasos tejen una red cada vez más estrecha y más sofisticada a través de la cual viajan nuestros correos, videos, mensajes de texto que se convierten a voz y viceversa, conferencias web, fotos de la playa, ubicaciones satelitales.

Según una investigación global de Nortel, el 52 por ciento de los latinoamericanos estamos "crecientemente conectados" –manipulamos cuatro dispositivos y seis aplicaciones diarias–, y otro 12 por ciento somos miembros de la flamante tribu de los "híper", con siete dispositivos y nueve aplicaciones en nuestro haber. Igual que cerca de un cuarto de la población mundial, estamos dispuestos a mantenernos comunicados con el trabajo desde el restaurante donde cenamos, nuestras vacaciones o nuestra cama. Algunos estamos dispuestos y a otros no nos queda más remedio que montarnos a la ola 3G.

A esta altura, nadie duda de que todas estas maravillas nos hacen la vida más fácil; de hecho, ¿quién se imagina la vida sin ellas? Lo que recién estamos advirtiendo es que también tienen sus efectos colaterales, y son insospechados. Aunque suene extraño, estar a la altura de la avalancha tecnológica –mínimo: atender casillas y mensajerías varias, mantener perfiles actualizados, chequear información online en tiempo real y, fundamentalmente, estar siempre al alcance de la mano de jefes, clientes o empleados– puede desembocar en depresión.

La actividad frenética y una estaticidad de muerte parecen muy alejadas, sin embargo, clínicamente, forman parte de una misma secuencia progresiva, con apenas un eslabón entre ellas. Los psiquiatras lo llaman "la espiral ansiedad-estrés-depresión", y la tecnología, como a todo, acelera su desenlace. "La ansiedad es una respuesta psicofísica para hacer frente a los estímulos del medio: los digitales son estímulos nuevos para nuestros cerebros, que se están adaptando a ellos, y lo bombardean: demandan un intenso estado de alerta y estar pendiente de lo que va a venir. Hay que responder a todo, hay que enterarse de todo", explica el doctor Gustavo Bustamante, especialista en trastornos de ansiedad y vicepresidente del Fobia Club."Todo este movimiento agota, porque los estímulos son tantos que abruman. El alerta se vuelve permanente, y estar siempre conectado, sin momentos de corte, instala una tensión sostenida que sobrecarga la mente y el organismo, y se convierte en estrés. Finalmente, como es imposible estar en todas las últimas super-actualizaciones y no hay eficiencia que baste porque la demanda no se acaba nunca, se llega al desgaste, la frustración y la depresión." Cuando está al alcance de un click, abstenerse de la compulsión que inicia esta espiral no es tan simple. En los Estados Unidos ya hablan del Crackberry: la adicción que lleva a chequear la pantalla del telefonito inteligente desde cuatrocientas veces por día en adelante.

Hiperconexión: hiperdepresión. La sombra de este binomio parece avanzar a pasos agigantados, con récords históricos en ambas áreas. Según la OMS, en veinte años, la depresión será la enfermedad más común de la humanidad, superando el cáncer y los trastornos cardiovasculares. La tecnología, para ese entonces, nadie es capaz de decir por dónde andará.

 

Fuente: Brando / Por Mariana Fusaro

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