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          Skay Belinson, el viajero

Skay Beilinson ha recorrido un largo camino, pero para sorpresa de propios y ajenos se mantiene con tozudez en su condición de viajero permanente. Así ha sido desde aquellos días iniciáticos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en caravana desde Buenos Aires hasta Salta.

Skay Beilinson ha recorrido un largo camino, pero para sorpresa de propios y ajenos se mantiene con tozudez en su condición de viajero permanente. Así ha sido desde aquellos días iniciáticos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en caravana desde Buenos Aires hasta Salta. Y mucho más a partir de aquel 2001 fatídico en el que con diferencia de un mes confluyeron la oficialización del final anunciado de su banda de toda la vida (en noviembre) y el inicio de la última gran crisis del país (en diciembre). Por estos días, mientras algunos se concentran en la influencia que ejerció su música y la lírica del Indio Solari en el tango de última generación, y otros aún se desviven por conocer hasta el último y más jugoso detalle de la polémica mediática que mantuvo el último año la dupla Beilinson-Solari por el legado de los Redondos, Skay viaja sin destino ni final, como esos personajes peregrinos que atraviesan mares, caminan guiados por alguna estrella o transitan los senderos del viento, una y otra vez, en sus canciones más recientes.



Angel de la soledad
Allí está el "Flaco" (como le canta su público), parado en medio del escenario del estadio Malvinas Argentinas, lugar donde se presentó junto a su banda, Los Seguidores de la Diosa Kali, el sábado pasado, cantando eso de que aunque lo quisieron adiestrar, nunca lo pudieron domesticar: "Extranjero en el redil, al rebaño abandoné. Yo decido caminar liviano y libre por aquí y al destino desafiar" ("En el camino").
Con un nuevo disco recientemente editado ( ¿Dónde vas? , el cuarto en nueve años de trabajo post-Redondos), Skay parece haber alcanzado su mejor estadio, lejos, muy lejos de su viejo hogar ricotero. Tanto, que las canciones redondas apenas figuran en la lista de temas: fueron dos, "El pibe de los astilleros" y "Ji ji ji", una detrás de otra, casi de compromiso, como regalo para los fieles acompañantes que llegaron esta noche de a miles (algunos muy jóvenes, otros de larga trayectoria a su lado).
Esa será la única concesión de la noche para la tribu ricotera que sigue coreando que será redonda hasta que se muera, pero que, casualidades, cansancio o aceptación de los hechos mediante, ya no le pide que por favor se vuelvan a juntar.
Tanto ha viajado y tan lejos ha llegado Skay en poco menos de una década sin los Redondos que ha logrado lo que hasta aquí parecía un imposible: que los temas de su ex banda suenen apenas nostálgicos, casi anacrónicos, como una anécdota contada ya muchas veces que incluso desentona en un repertorio que, durante cerca de dos horas, impuso con presencia una estética y un sonido propio de manera implacable.
Los temas de su nuevo álbum se mezclan, entonces, con canciones himno de su discografía, como ya lo son "Astrolabio", "Oda a la sin nombre", "Flores secas" o "El golem de la Paternal" (con ese riff demoledor que en vivo remarca aún más su impronta Pappo´s Blues y que, en esta noche, a cuadras nomás de la casa donde vivió Norberto Napolitano en las entrañas mismas de la Paternal, suena más homenaje que nunca) y convierten el viaje de estos músicos inquietos en una bitácora musical por momentos hechizante.
Aires orientales en "Luna en Fez", rock crudo en "Territorio salvaje", sensibilidad pop en "Aves migratorias", sentimiento blusero en "Tarde de lluvia" y espíritu épico en "Lejos de casa". Junto a Skay, Claudio Quartero en bajo, Javier Lecumberry en teclados, Oscar Reyna en guitarra y Topo Espíndola en batería desmenuzan el ADN de la cultura rock en una propuesta que siempre encuentra en el camino a cualquier lugar su punto de referencia.
Siempre andando, siempre en movimiento, sin mirar atrás, con la proa en el Norte y la cruz en el Sur.

Fuente: La Nación
Sebastián Ramos

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